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domingo, 18 de octubre de 2009

HIJOS DE UN REY.


Elizabeth Tapia*

Una de las experiencias en común, que todos los humanos hemos vivido, es que hemos sido pequeñas niñas o niños.

¿Qué significa esto? Que hemos jugado en el mundo de la fantasía con ideas, sueños e ilusiones, transladándonos a ese mundo donde normalmente todo es posible, si lo deseamos con suficiente intensidad. Hemos sido capaces de construir castillos con cajas de cartón, mantas y cortinas prestadas por nuestras madres. Hemos convertido en “alfombra roja” cualquier pedazo de trapo y nuestras ”vestiduras reales” de seda no han sido más que ropas viejas o retazos de telas que nadie quería ya usar. Nuestras coronas y tiaras se han fabricado también de cualquier material, pero ¿quién nos puede quitar el recuerdo de esa auténtica vivencia, de esa experiencia principesca?

¿Qué o quién puede borrar el sentir y la convicción de tener poder y autoridad, para crear y cambiar cualquier rato aburrido en un verdadero momento histórico en nuestras vidas?............. y por sobre todo quién nos podría arrebatar el gozo pleno en nuestros corazones? Nadie!!!!!!!.... porque ni siquiera la aparición del “ogro”, “el cuco” o “la bruja” lograría tener más fuerza que el poder del bien, del cual nos sentimos tan dueños en la infancia.

Curiosamente los adultos tenemos una capacidad increible para desechar cosas, deshacernos de lo que no es práctico o útil (con todo respeto a la necesidad de vivir de acuerdo al orden de prioridades, ya que hemos sido cambiados de Reino, de tinieblas a luz y de caos a orden). A lo que me refiero básicamente es que esta utilidad de los que juegan y los que inventan y crean algo estéticamente hermoso pero sin función práctica, usando cada cosa que para los otros seres comunes y ordenados, se ha convertido en inservible, sea quizás como una salvación frente al tedio cotidiano o un cambio de plano espiritual.

¿Qué significa esto de salvación (o quizás mejor calza aquí la palabra salvavidas) frente al tedio cotidiano?Nuestra organizada manera moderna de vivir, rara vez dá espacio al ser lúdico. Una persona seria, responsable, educada y respetable pertenece al grupo de los llamados “adultos responsables”, los que son capaces de darle la debida utilidad a todo, de medir y evaluar necesidades (de otros), crear parámetros y construir (en teoría) una perfecta balanza entre las necesidades, medios y requisitos, para alcanzar un promedio normal de rendimiento o productividad, aplicable a todo………..

Una persona adulta con los pies bien plantados en la tierra, maneja las situaciones controlando y controlándose y así se gana el llamado ”respeto” de sus coterráneos. Se le tiene en general confiabilidad a este tipo de personalidades y en muy raras excepciones se los excluye, no implicando esto que ellos despierten sentimientos de afecto, pero estos seres están como rodeados por una cierta fortaleza (léase muro), lo cual provoca por obligación respeto (lindando en temor)

Miremos el otro extremo de personalidad: una persona bromista y juguetona, normalmente no se la considera confiable. Muchas veces se la tacha de infantil, inmadura, poco consecuente, con poca responsabilidad y falta de compromiso. Solamente se los tiene en cuenta cuando se trata de reirse y amenizar reuniones y fiestas. En resúmen, ser juguetón está en contra de la norma y no encaja con el concepto de adulto normal que la mayoría maneja y aún menos se acerca a un posible cumplimiento de las espectativas que la sociedad tiene para que una persona sea considerada y respetada.

Para dar un ejemplo extremo puedo mencionar que en algunas culturas los padres casi no juegan con sus hijos porque esa es una actividad relacionada solamente con la niñez. Paradojalmente muchos niños, cuando empiezan a preocuparse seriamente de la imagen social, dejan de jugar y comienzan a asociarlo con el ser poco habiloso.

Volviendo ahora a la habilidad para ser feliz y la confianza en el poder del bien, tan característicos de la infancia, es bien importante reevocarnos a nuestra condición natural humana. Nosotros hemos nacido y cumpliremos un ciclo de existencia en nuestros cuerpos. Hemos nacido también espiritualmente y por ende entramos en la vida eterna que el Reino de Dios ofrece. Como en todo reino, los miembros están sujetos al orden de jerarquía y nosotros, al entrar a ser parte de éste, hemos sido convertidos en hijos de Dios. Ese es nuestro título, lo cual en idioma de niños viene a ser príncipes y princesas. Esto lo traemos al nacer y cuando vamos creciendo a veces estamos ”matando ” lo que creemos es una ilusion, algo que solamente es parte de la niñez.

Si nos ponemos a pensar y escudriñar con mucha honestidad, tenemos que aceptar que somos ni más ni menos que hijos e hijas del mismo Rey, del que gobierna el Reino de la Luz y el cual nos ha hecho entrega de un lugar donde vivir (la Tierra); nos ha dado unas tareas a desarrollar para crecer y entrenarnos en las virtudes que Él quiere desarrollemos y nos ha iniciado en todas las artes del conocimiento para que podamos también nosotros tener ese poder del cual El nos quiere compartir para lograr ser unos dignos y verdaderos hijos suyos. La fé, la esperanza y el amor son la gran heredad que se nos entrega cuando somos adoptados como hijos de Dios. La capacidad para ser felices y creer en el poder del bien entonces, son la consecuencia más y real de la cual nos podemos asir en el momento en que nos hacemos más conscientes (cuando oimos la Palabra de Él ) de lo que significa vivir en La Luz del Reino de Dios.

Luego, cuando ya hemos sido preparados para ver las consecuancias de lo que escuchamos, empezamos a tener acceso verdadero a todos los privilegios que se nos han asignado. No hay opción ya de elegir mal por bien; no hay manera de dejarse engañar por nuestra condición humana y tolerar que prevalezca en nosotros lo que sólo nos lleva a destrucción. Debido a que somos parte de un compromiso entre Dios y Su propio Hijo, ya no podemos separarnos y huir, ya que si bien la Verdad nos libertó, también nos díó una pertenencia al Cuerpo, unión que nos permite estar sujetos los unos a los otros, para Gloria de Dios como hermanos e hijos. El nos permite nacer, vivir, crecer y, llegado el momento que El considera apropiado, dejar la Tierra también, cuando ya hemos alcanzado a girar lo suficiente con ella y haber hecho lo que Él nos asignó.

Así que nuestra naturaleza principesca tiene un sentido en el transcurso de toda nuestra existencia, con aplicaciones concretas con las que tenemos que familiarizarnos para convertirnos en Sus dignos herederos. Dios nos ayuda en la tarea y nos sostiene eterna y fielmente. Amén amén.


*Elizabeth Tapia es una discípula de Jesucristo, residente en la ciudad de Amall, Suecia.


 

miércoles, 8 de abril de 2009

EL EXTRAÑO



Unos cuantos años después que yo nací, mi padre conoció a un extraño en nuestra pequeña población en Puerto Rico.

Desde el principio, mi padre quedó fascinado con este recién llegado encantador personaje, y enseguida le invitó a que viviera con nuestra familia.

El extraño aceptó y desde entonces ha estado con nosotros. Mientras yo crecía, nunca pregunté su lugar en mi familia, en mi mente joven ya tenía un lugar muy especial. Mis padres eran instructores complementarios: Mí mamá me enseñó lo que era bueno y lo que era malo y mi papá me enseñó a obedecer. Pero el extraño era nuestro narrador. Nos mantenía hechizados por horas al extremo con aventuras, misterios y comedias. Si yo quería saber cualquier cosa de política, historia o ciencia, siempre sabía las contestaciones sobre el pasado. ¡Conocía del presente y hasta podía predecir el futuro! Llevó a mi familia al primer juego de de las ligas mayores de béisbol. Me hacia reír, y me hacia llorar. El extraño nunca paraba de hablar, pero a mi padre no le importaba.

A veces, mi mamá se levantaba temprano y callada mientras que el resto de nosotros estábamos pendientes para escuchar lo que tenía que decir, pero ella se iba a la cocina para tener paz y tranquilidad. (Ahora me pregunto si ella habría rezado alguna vez, para que el extraño se fuera.)
Mi padre dirigió nuestro hogar con ciertas convicciones morales, pero el extraño nunca se sentía obligado para honrarlas. Las blasfemias, por ejemplo, no fueron permitidas en nuestra casa… No de nosotros, ni de nuestros amigos o de cualesquiera visitantes. Sin embargo, nuestro visitante de largo plazo, lograba pronunciar la palabra esa HP que quemaban mis oídos e hicieron que mi papá se retorciera y mi madre se ruborizara. Mi papá nunca nos dio permiso para usar alcohol de manera liberal. Pero el extraño nos animó a intentarlo sobre una base regular. Hizo que los cigarrillos parecieran frescos e inofensivos, y que los cigarros y las pipas se vieran distinguidas. Hablaba libremente (demasiado libre) sobre sexo. Sus comentarios eran a veces evidentes, a veces sugestivo, y generalmente vergonzosos. Ahora sé que mis conceptos sobre relaciones fueron influenciados fuertemente durante mi adolescencia por el extraño. Repetidas veces lo reprendieron y raramente le hizo caso a los valores de mis padres y NUNCA le pidieron que se fuera.

Más de cincuenta años han pasado desde que el extraño se mudó con nuestra familia. Desde entonces ha cambiado mucho y ya no es casi tan fascinante como era al principio. No obstante, si hoy usted pudiera entrar en la guarida de mis padres, todavía lo encontraría sentado en su esquina, esperando a alguien para que escuchara sus charlas y para verlo dibujar sus cuadros.

¿Su nombre? ¡Nosotros lo llamamos Televisor! ¡Ahora tiene una esposa que se llama Computadora y un hijo al que llaman Celular!

Nota: Se requiere que este artículo sea leído en cada hogar.


Enviado por Elizabeth Tapia