
Gloria Schivo Olivo
Nunca logré que en mi, a veces aparente alegría, él no descubriera mi tristeza, nunca logré que en mi disimulada despreocupación él no captase mi inquietud y el resto del personal creía que el no se daba cuenta de nada. ¡¡Qué ciegos eran!! Se guiaban por apariencias y no se daban cuentas de sus propias discapacidades .
Y si no me creen, mediten, hagan memoria, los que pudiendo oír son sordos al dolor, a la necesidad, al abuso, los que teniendo ojos sanos, no ven que la vida es tan, tan corta para guardar rencor, sentir odio y que nada de lo que ven y tocan es real. ¿Recuerdan personas asi? A mi aquellos son los que me producen mayor tristeza pues tienen discapacidades más graves que la sordera, la mudez, la ceguera y aunque uno anhela ayudarles, a menudo es como estrellarse contra un muro. Entre ellos están los que se burlan de los discapacitados fisicos, los que pudiendo dar no dan y sólo quieren recibir, los que pudiendo escuchar no escuchan, los que no saben amar. Esa es... la peor discapacidad.
En esta ocasión les invito a reflexionar sobre lo que el mundo llama discapacitados, criterio sobre el cual tengo, como fruto de los años vividos y observaciones, ciertas discrepancias.
Veamos por ejemplo, el caso de las personas con trastornos visuales que a menudo son objeto de chanzas pesadas, robos, humillaciones y que, si bien es cierto no ven con los ojos fisicos, suelen ver mejor con los ojos del corazón lo que, por cierto, no deja de ser una diferente forma de ver y probablemente más perfecta que la biológica. Hablando de ello me viene a la mente el recuerdo de un caballero muy simpático, llamado Luis Denis Rubio, a quien tuve el honor de atender como cuidadora de enfermos particulares en una clinica a la que él llego en los altos de Traslaviña. El día que nos vimos por primera vez el estaba empecinado en no comer desde hacia una semana y yo logré comvencerlo de que se alimentara por su propio bien y por el mío también, para no perder mi trabajo. Así empezó nuestra amistad que llegó a ser tan profunda que el anciano caballero no dejaba que nadie lo atendiera, cuando por algún motivo muy justificado yo no podía ir y se atrincheraba en su lecho enfurruñado como un niño pequeño.
Era la primera vez que yo tenía estrecho contacto con un "discapacitado visual" y fue una experiencia tan sorprendente para mí que cada día me sentía más y más sorpendida por la agudeza de su mente, tan alerta, su capacidad de usar el sentido del buen humor para bromear, el cariño y confianza que en mi depositaba, la alegría que se reflejaba en su rostro cuando escuchaba mis pasos acercándose a su habitación y con el entusiasmo que acogía todas aquellas locas y fantasiosas ideas con las que yo amenizaba su existencia.
De todo aquello han pasado ya 13 años y hace 12 que no está entre nosotros, pero yo nunca he olvidado nuestras charlas, nuestro mutuo conocimiento, las pícaras travesuras que hacíamos y como le facilitaba mis ojos físicos y eé a mi los suyos, los del corazón, y sobre todo como aprendi de él que no todos los que tienen en buen estado sus ojos "ven" y muchos de los que no los tienen ven con mayor nitidez.
Veamos por ejemplo, el caso de las personas con trastornos visuales que a menudo son objeto de chanzas pesadas, robos, humillaciones y que, si bien es cierto no ven con los ojos fisicos, suelen ver mejor con los ojos del corazón lo que, por cierto, no deja de ser una diferente forma de ver y probablemente más perfecta que la biológica. Hablando de ello me viene a la mente el recuerdo de un caballero muy simpático, llamado Luis Denis Rubio, a quien tuve el honor de atender como cuidadora de enfermos particulares en una clinica a la que él llego en los altos de Traslaviña. El día que nos vimos por primera vez el estaba empecinado en no comer desde hacia una semana y yo logré comvencerlo de que se alimentara por su propio bien y por el mío también, para no perder mi trabajo. Así empezó nuestra amistad que llegó a ser tan profunda que el anciano caballero no dejaba que nadie lo atendiera, cuando por algún motivo muy justificado yo no podía ir y se atrincheraba en su lecho enfurruñado como un niño pequeño.
Era la primera vez que yo tenía estrecho contacto con un "discapacitado visual" y fue una experiencia tan sorprendente para mí que cada día me sentía más y más sorpendida por la agudeza de su mente, tan alerta, su capacidad de usar el sentido del buen humor para bromear, el cariño y confianza que en mi depositaba, la alegría que se reflejaba en su rostro cuando escuchaba mis pasos acercándose a su habitación y con el entusiasmo que acogía todas aquellas locas y fantasiosas ideas con las que yo amenizaba su existencia.
De todo aquello han pasado ya 13 años y hace 12 que no está entre nosotros, pero yo nunca he olvidado nuestras charlas, nuestro mutuo conocimiento, las pícaras travesuras que hacíamos y como le facilitaba mis ojos físicos y eé a mi los suyos, los del corazón, y sobre todo como aprendi de él que no todos los que tienen en buen estado sus ojos "ven" y muchos de los que no los tienen ven con mayor nitidez.
Nunca logré que en mi, a veces aparente alegría, él no descubriera mi tristeza, nunca logré que en mi disimulada despreocupación él no captase mi inquietud y el resto del personal creía que el no se daba cuenta de nada. ¡¡Qué ciegos eran!! Se guiaban por apariencias y no se daban cuentas de sus propias discapacidades .
Y si no me creen, mediten, hagan memoria, los que pudiendo oír son sordos al dolor, a la necesidad, al abuso, los que teniendo ojos sanos, no ven que la vida es tan, tan corta para guardar rencor, sentir odio y que nada de lo que ven y tocan es real. ¿Recuerdan personas asi? A mi aquellos son los que me producen mayor tristeza pues tienen discapacidades más graves que la sordera, la mudez, la ceguera y aunque uno anhela ayudarles, a menudo es como estrellarse contra un muro. Entre ellos están los que se burlan de los discapacitados fisicos, los que pudiendo dar no dan y sólo quieren recibir, los que pudiendo escuchar no escuchan, los que no saben amar. Esa es... la peor discapacidad.